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domingo, 1 de agosto de 2010

Arantzazuko Andre Mariaren Kofradia

Andagoya: Descubridor del Perú
Francisco Igartua

Fue un vasco, hijodalgo e ilustrado, hábil en euskera y castellano, nacido entre los años 1494 y 95 en el valle de Cuartango (Alava) el que descubrió y hasta les dio nombre a las tierras que por entonces dominaban los Incas del Cuzco y que más tarde serían el Virreynato del Perú, o sea lo que hoy son las repúblicas de Ecuador, Perú, Bolivia y buena parte de Chile y Colombia. Se llamaba Pascual de Andagoya y siendo muy joven había pasado a América "para ser más". Y sin duda lo logró, aunque al dinero y poder alcanzados debió añadir envidias y rencores sin cuento. Fue hombre de temperamento fuerte, taciturno, "antipático" dirían algunos y sincero amigo y defensor de los indígenas.
Siendo todavía joven, a los veintiocho años (1522), se había aventurado, en expedición financiada por él, al sur de Panamá, hasta una región que se llamaba Chochama, en territorio hoy colombiano. Ahí el recio alavés hizo amistad y comunicación verbal con los indios (es de suponer que su calidad de bilingüe y su cultivada inteligencia le facilitaron el contacto) lo que le permitió escribir posteriormente: "descubrí, conquisté y pacifiqué una gran provincia de señores que se llama Perú donde tomó nombre toda la tierra por delante".
Era la primera vez en la historia europea que se mencionaba el nombre de Perú en referencia al también hasta entonces desconocido Imperio de los Incas, del que le hablaron a Andagoya el cacique de Chochama y otros indígenas, a quienes acompañó a combatir a los guerreros de Virú, o sea los ejércitos de avanzada incaicos que estaban dedicados a extender los Cuatro Suyos del Imperio. ¿De dónde sacó Andagoya el nombre de Perú para referirse al incario? Se supone, sólo se supone, que fue por deformación del término Virú empleado por sus amigos indios de Chochama para, al parecer, referirse al sur en general. Lo único cierto es que Pascual de Andagoya fue el primer europeo en mencionarlo y en hacer contacto con el Imperio de los Incas.
La otra pregunta que se desprende de este hecho es ¿cómo logró el euskaldun Andagoya trato tan afable con los indígenas del territorio que conquistó? El mismo responde que lo conquistó y "pacificó", o sea que estableció la paz entre su gente y la gente del cacique de Chochama, su amigo, con quien logró dialogar largo y tendido. Son muchas las acusaciones que se le han hecho al "antipático" alavés (implacable en los negocios, ladrón, intrigante, altanero) pero nadie podrá decir que fue cruel o abusivo con los indios. Al contrario, su amistad con ellos fue tan fuerte que, cuando estuvo a punto de ahogarse porque se voltio la piragua en la que remontaba un río, el cacique de Chochama lo estuvo sosteniendo para salvarlo de las aguas y de las armaduras que llevaba puestas. Ese reyezuelo, su mejor amigo en aquellos parajes, fue seguramente quien le organizó el grupo de traductores y guías con los que volvió a Panamá para curarse del enfriamiento que le produjo el largo remojón en el río y para organizar una expedición mayor y mejor pertrechada.
Sus planes se frustraron por la enfermedad, que se hizo grave y le impidió montar a caballo; y ésta fue la razón por la que transfirió sus derechos de conquista a Francisco Pizarro, incluidos los traductores y guías a los que él había enseñado a expresarse en castellano. Estos fueron pieza clave en la conquista del Imperio que ya se llamaba Perú y que sólo oficialmente fue Nueva Castilla.
El tiempo que tardó Andagoya en recuperarse y poder volver a montar a caballo lo dedicó a los negocios, terreno en el que, como otros vascos, fue habilísimo; lo que le permitió ser su propio habilitador en las empresas expedicionarias que armó.
Sin embargo, antes de volver a salir en aventuras de conquista, el esforzado alavés pasó por venturas y desventuras variadas e intensas que se iniciaron con su elección a la alcaldía de Panamá (1527) para más tarde, por culpa de enemistades y envidias, ser denunciado por el nuevo Gobernador, Pedro de los Ríos, ante la Audiencia de Santo Domingo, a la vez que se le confiscaban sus cuantiosos bienes. La acusación fue de malversación en la alcaldía. Pero con hábiles intrigas logró que la Audiencia lo rehabilitara y, ya vuelto a casar, lo devolviera a Panamá (1534) donde acrecentó sus riquezas, gracias a sus recuas de mulas que hacían el transporte por el itsmo que separaba los océanos Atlántico y Pacífico. El servicio de mulas del conflictivo Andagoya era el mejor y, por lo tanto, el más caro. Sin embargo, su cuidado mayor estuvo puesto en la nao "Concepción", cuya propiedad compartía con el Gobernador Barrionuevo, quien lo nombró su teniente. La "Concepción", que hacía el tráfico al Perú, le llevaba y traía noticias de las tierras descubiertas por él y que Pizarro iba conquistando. Los negocios no lo absorbían tanto como para hacerle olvidar el mundo de las prodigiosas aventuras que lo esperaban allá al sur. Hacía ya tiempo que había vuelto a cabalgar y el destino lo empujaba a morir en el Perú.
Sin embargo, otros muchos sinsabores lo esperaban a Pascual de Andagoya antes de llegar a su fin entre Cuzco y la Ciudad de los Reyes (Lima).
En 1536 el juez de residencia de Panamá lo vuelve a denunciar y cargado de cadenas lo envía a España para ser juzgado por el Consejo de Indias. Pero de nuevo la fortuna va en auxilio de Andagoya y el Consejo lo declara inocente desagraviándolo con la gobernación de Río de San Juan y permitiéndole usar el Don antes de su nombre.
Desde Panamá, donde ha vuelto, parte el alavés en compañía de su cuñado, Alonso Peña, a las tierras que el Consejo le ha otorgado. Corría el año de 1540 y la gobernación de Río de San Juan, de acuerdo a los mapas de la época, estaba situada en un punto impreciso entre la Nueva Castilla de Pizarro y la que sería Nueva Granada, de Benalcázar.
A ese espacio se dirigió Don Pascual de Andagoya y lo primero que hizo al llegar a sus costas con 140 soldados, cuarenta caballos, un galeón, una carabela y dos bergantines, fue fundar la ciudad de Buenaventura; donde dejó a su hijo, Juan de Andagoya, y a su cuñado, Peña, al mando de unos pocos hombres, mientras él se internaba en el territorio. Leguas adentro, en Popayán, se tropezó con huestes de Pizarro sitiadas por los indios. Rompió el cerco y se creyó con derecho a ocupar la ciudad no obstante pertenecer ésta a Sebastián de Benalcázar. La ocupó y lo mismo hizo con la villa Santa Ana de los Caballeros, a la que dio el nombre de San Juan. Pero ya antes había entrado en Cali, por lo que las iras de Benalcázar estaban desatadas contra él. No hubo enfrentamiento porque los frailes del lugar, vascos muchos de ellos, se interpusieron. Sin embargo, el Cabildo falló contra Andagoya y Benalcázar lo apresó fundamentándose en que la provisión que a él le dio el Rey abarcaba la gobernación de Río de San Juan, la misma que después le había sido otorgada a Andagoya. ¡Enredos burocráticos de entonces, de hoy y de siempre!
Para fortuna de Andagoya, en esos días desembarcó en Buenaventura (por intuición quien sabe el alavés le daría ese nombre) el Comisionado real para el Perú, don Cristobal Vaca de Castro, quien llegaba mareado por los padecimientos sufridos en el mar y necesitado de auxilio, que le fue dado con amplitud por Peña y Juan de Andagoya. Por entonces ya estaba instalada en Buenaventura la mujer (en segundas nupcias) de Don Pascual y otros familiares. Fácil le fue a Peña convencer al flamante y poderoso Comisionado regio para que interviniera a favor del desventurado gobernador del impreciso Río de San Juan. Dispuesto a sembrar la paz en el Nuevo Mundo, Vaca de Castro viajó a Popayán, se entrevistó con Benalcázar y quedó libre Andagoya, a quien Vaca le recomendó viajar a España para aclarar sus problemas en el Consejo de Indias.
CUZCO: Por estas calles incaicas paseó Andogoya sus últimos días. Sobre esas murallas incas se fue levantando la ciudad española del siglo XVI, actual centro turístico.
En España se siguió escapando del infortunio, pues hizo contacto con Pedro de la Gasca, quien salía para el Perú con plenos poderes reales para pacificar las luchas intestinas que siguieron a la muerte de Pizarro. Con él retornó Andagoya a América, donde apenas le quedaban Buenaventura y la virtual gobernación de Río de San Juan, a cargo de su hijo.
Pero el destino de Andagoya estaba trazado y lo conducía a morir en el Perú. No se quedó, pues, en su gobernación, donde había enterrado una fortuna (algo así como 70,000 pesos), sino que, partiendo de Panamá con la real flota de guerra, siguió al lado de Gasca, quien lo nombró su capitán, encargándole recoger gente en Buenaventura, mientras él (Gasca) seguiría hasta Tumbes donde se encontrarían.
Ingresó así, comandando la mitad de la caballería real, al corazón del Imperio con el que él tuvo contacto antes que cualquier otro europeo. De Tumbes subió a Cajamarca, donde los españoles habían ajusticiado al infortunado inca Atahualpa y de allí siguió a Jauja, para luego participar al lado del pabellón Real en la batalla de Jaquijahuana, donde fueron derrotados Gonzalo Pizarro y sus rebeldes.
A órdenes del Pacificador don Pedro de la Gasca, incursionó nuestro alavés por el Alto Perú (hoy Bolivia) y por un tiempo se asentó en el Cuzco, la capital del reino que él entrevió y pudo ser suyo, para pasar, siempre con Gasca, a la ciudad de los Reyes (Lima). Allí o en el camino (nada se sabe de él en aquellas fechas sino que salió del Cuzco con el Pacificador), murió Don Pascual de Andagoya, quien andaba con la salud maltrecha desde que en Jauja un caballo le propinó una coz. Así, oscuramente, desapareció de la historia el vasco que descubrió y dio nombre al Perú. Fue un hombre de su tiempo al que el destino le dio y le quitó honras y agravios, riquezas y miserias y al que nadie le podrá negar el derecho a ser llamado defensor de los indígenas.

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